En su artículo “An Introduction to Guy Debord’s The Society of the Spectacle” [1], publicado en Historical Materialism el 14 de noviembre de 2025, Tom Bunyard sostiene que uno de los objetivos fundamentales de la obra de Guy Debord era atacar y socavar la sociedad del espectáculo. Partiendo de esta premisa, resulta paradójico que, en la actualidad, el concepto de «sociedad del espectáculo» se haya incorporado hasta tal punto al lenguaje habitual con el que se habla de la cultura contemporánea. El término aparece de manera habitual en todo tipo de publicaciones para describir fenómenos tan diversos como la cultura de masas, la publicidad, las redes sociales, la televisión o la proliferación de pantallas. Esta popularización, sin embargo, suele ir acompañada de una simplificación que despoja al concepto de su alcance material y revolucionario y convierte el espectáculo, fundamentalmente, en un problema de imágenes.
Esta lectura pierde de vista precisamente aquello que distingue a Debord de buena parte del pensamiento posmoderno. Para Debord, el espectáculo no puede reducirse a un conjunto de imágenes ni a la omnipresencia de los medios de comunicación. Como afirma en la célebre tesis 4 de La sociedad del espectáculo, «El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes». Lo decisivo, por tanto, no es la existencia de las imágenes en sí mismas, sino la forma de relación social que expresan. Como señala Bunyard, el espectáculo debe entenderse fundamentalmente como una forma de separación del poder social respecto de quienes lo producen. No somos espectadores únicamente porque contemplemos innumerables pantallas e imágenes; lo somos, en un sentido más profundo, porque nuestra propia actividad social, aunque somos nosotros quienes la producimos y reproducimos, se nos enfrenta como una fuerza aparentemente independiente que escapa a nuestro control.
Para comprender el alcance de esta separación, es necesario situar el concepto de espectáculo dentro de la tradición crítica de la que parte Debord. Bunyard señala especialmente la influencia de Ludwig Feuerbach y Karl Marx. En la crítica de la religión de Feuerbach, los seres humanos proyectan sus propias capacidades en una entidad exterior para después someterse a ella. Marx retomará una estructura semejante para explicar las relaciones sociales capitalistas: en el capitalismo, el ser humano acaba gobernado por los productos de su propio trabajo. Debord amplía esta lógica de separación al conjunto de la vida social. Las capacidades que los individuos poseen para producir y transformar colectivamente su mundo terminan apareciendo ante ellos como fuerzas autónomas, independientes de su voluntad. El problema del espectáculo, por tanto, no se limita a las imágenes: consiste en que la sociedad produce su propia realidad, pero la experimenta como algo exterior que escapa a su control.

Para profundizar en el pensamiento de Debord, voy a basarme en el libro de Tom Bunyard, Guy Debord. Tiempo, historia y espectáculo [2]. Una de las aportaciones más útiles de Bunyard consiste en mostrar que el concepto de espectáculo permite articular fenómenos que, a primera vista, pertenecen a ámbitos muy distintos. Para comprender esta unidad no basta con identificar el espectáculo con sus manifestaciones visibles; es necesario distinguir los diferentes niveles en los que se constituye. Bunyard, a partir de una carta de Debord, señala tres grados que permiten dar cuenta de su realidad concreta: «las simples apariencias técnico-ideológicas», «la realidad de la organización social de las apariencias» y «la realidad histórica». Estos tres niveles no deben entenderse como dimensiones independientes, sino como momentos relacionados de una misma estructura: las apariencias visibles remiten a una determinada organización social, que a su vez sólo puede comprenderse a partir de su desarrollo histórico.
El primer nivel corresponde a las apariencias técnico-ideológicas. Es el nivel más inmediato y, probablemente, aquel al que suele reducirse el concepto de espectáculo. Comprende las imágenes, los medios de comunicación, la publicidad, las mercancías, las tecnologías y, en general, todas aquellas formas mediante las cuales la realidad social se presenta ante los individuos. Sin embargo, este nivel no constituye por sí mismo la realidad del espectáculo. Las imágenes no son simplemente un conjunto de representaciones que se imponen desde fuera, sino la manifestación visible de unas relaciones sociales determinadas. Detenerse en este primer grado supone, por tanto, confundir el fenómeno con su apariencia.
El segundo nivel remite a la lógica social que sustenta el valor capitalista y a la progresiva adaptación de la organización social a las exigencias de la reproducción del capital. Mientras que en el primer nivel los individuos aparecen fundamentalmente como espectadores de las imágenes, los anuncios, las modas y las mercancías que legitiman y reproducen el orden existente, en este segundo nivel la lógica espectacular afecta directamente a la experiencia cotidiana. Los sujetos ya no se limitan a contemplar representaciones externas, sino que terminan contemplando su propia existencia desde una posición pasiva. De este modo, el espectáculo deja de ser únicamente algo que se observa y pasa a constituir una forma de relación con la propia vida, en la medida en que las condiciones sociales impuestas por el capital determinan cada vez más la manera en que los individuos experimentan y comprenden su realidad.
Esta transformación permite comprender por qué el espectáculo no se agota en la organización de la vida social, sino que alcanza también una dimensión propiamente histórica. La subordinación de la experiencia vivida a las exigencias de la acumulación capitalista implica una ruptura entre los sujetos y su capacidad para producir y orientar conscientemente su propia historia. Por ello, el tercer nivel corresponde a la relación que el espectáculo establece con el tiempo histórico. Desde la perspectiva de Debord, cuando las relaciones capitalistas atraviesan el conjunto de la existencia social, los individuos quedan separados de su propia actividad y, en consecuencia, de la posibilidad de reconocerse como agentes de la transformación histórica. El espectáculo expresa así una contradicción fundamental: una sociedad que ha alcanzado un grado elevado de historicidad, pero que, al mismo tiempo, tiende a negar la capacidad de los sujetos para actuar sobre su propio devenir. En este sentido puede entenderse la paradoja señalada por Debord de un capitalismo moderno que produce una sociedad histórica caracterizada, precisamente, por su rechazo de la historia.
Referencias
[1] Bunyard, T. (2025, 14 noviembre). An Introduction to Guy Debord’s The Society of the Spectacle. Historical Materialism. https://www.historicalmaterialism.org/article/an-introduction-to-guy-debords-the-society-of-the-spectacle/
[2] Bunyard, T. (2024). Guy Debord: Tiempo, historia y espectáculo. Irrecuperables.