Hace ya un tiempo que me alejé del cine. No fue una decisión repentina ni fruto de una única herida. Como ocurre con casi todos los distanciamientos, hubo muchas razones que se fueron acumulando en silencio. Pero, si tuviera que nombrar una por encima de las demás, diría que fue el desencanto. La certeza de que algo había cambiado. De que aquel lugar donde antes encontraba asombro, conflicto e interés ya no conseguía abrirme las mismas posibilidades.
Durante mucho tiempo pensé que esa desilusión nacía únicamente de una transformación del propio cine. Sentía que había dejado de encontrar aquello que durante años había buscado en las películas: la promesa de una imagen capaz de revelar algo nuevo, de abrir una grieta en lo conocido y de ofrecer una experiencia que no se limitara a confirmar aquello que ya esperaba encontrar. Tal vez esa promesa se había ido debilitando a medida que el cine se volvía más previsible, más condicionado por sus propias inercias y menos dispuesto a explorar territorios inciertos.
Sin embargo, esa explicación terminó pareciéndome insuficiente. Sería demasiado fácil atribuir el desencanto a una supuesta degradación del cine. En realidad, yo me interesé por el cine muy tarde. Por lo tanto, las tensiones entre industria y creación, entre riesgo y comodidad, entre arte y mercancía, habían acompañado al cine desde mucho antes de que yo empezara a frecuentarlo. No era razonable pensar que de pronto el cine hubiera dejado de ser aquello que había sido. Quizá lo que había cambiado era mi manera de acercarme a él.
Con el tiempo empecé a sospechar que había empezado a mirar demasiado y a ver demasiado poco. En la actualidad, la figura del cinéfilo parece haberse convertido en la de un devorador de películas, más preocupado por acumular títulos que por dejar que una película le afecte. Y creo que, en cierta medida, yo también caí en eso. Empecé a ver cine como quien llena una lista: una película detrás de otra, buscando siempre la siguiente. Poco a poco, la curiosidad se convirtió en hábito, y el hábito en consumo. El cine empezaba a reproducir la misma lógica que organiza tantas otras cosas: consumir, acumular y pasar a lo siguiente. Había empezado a confundir ver cine con acumular cine. El cine había dejado de ser algo que me ocurría para convertirse en algo que consumía.
Quizá por eso el alejamiento terminó siendo necesario. Al principio lo entendí como una pérdida, como si hubiera dejado atrás un lugar al que ya no sabía cómo volver. Ahora empiezo a verlo de otra manera. Alejarme también significó dejar espacio. Espacio para que el cine dejara de ser una obligación, una lista o una carrera por llegar a la siguiente película. Espacio, sobre todo, para volver a sentir curiosidad.
Y quizá ahí esté la posibilidad de volver. No de regresar al mismo lugar ni de recuperar exactamente la relación que tuve con el cine, sino de encontrar otra forma de mirar. Una forma menos ansiosa, menos acumulativa y más abierta a dejarse sorprender. Porque quizá volver al cine no consista en recuperar lo que creíamos haber perdido, sino en volver a imaginar qué puede ser para nosotros. Todavía quedan imágenes que no hemos visto, películas que no sabemos que necesitamos y formas de mirar que aún no conocemos. Y eso, más que una promesa de regreso, puede ser una razón para empezar de nuevo.
